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Viajes

Luego de dos encuentros, el tercero fue en el aeropuerto. Arreglaron su primer viaje juntos, con apenas días de haberse visto a los ojos por primera vez. Un vuelo de cabotaje los llevaría a la insípida ciudad donde una señora en su abrigo rojo, los esperaba, mientras sostenía en los brazos a una perra blanca de mucho pelo. Las treinta y seis horas que siguieron a la llegada, los amantes se ajustaron el uno al otro hasta el cansancio. También les alcanzó el tiempo para ir de compras, hacer un buen almuerzo y deambular aburridos por la siesta del domingo.
El siguiente viaje fue más lejos. La partida, una conexión intermedia y el arribo a la inmensa terminal de una ciudad hasta ese momento sólo acariciada en sueños, fue el principio de veintidós días de largas caminatas, miradas atentas, perplejas, con el paladar satisfecho de bocados exquisitos; queso de leche cruda, pan y vino. El otoño bajo la luz de la ciudad más bella los alejó a pesar de la buena convivencia. Ella esperaba la intimidad de esos días como un niño el Día de Reyes, pero la magia sólo alcanzó hasta el quinto de ellos.
Al regreso, idas y vueltas, festejos de cumpleaños, un año que terminó, cambios de trabajo, decisiones tomadas para no comprometer el futuro de ambos, peleas, reconciliaciones, sexo, por ahí un poco de casi amor y de nuevo un plan de viaje, aprovechando la Semana Santa. Esta vez no fue. El Domingo de Resurrección los encontró a cada uno por su lado; ella sola, él no se.
Hoy ella le anuncia su próximo viaje, lejos. Él también anuncia uno, aunque cerca. Es de cabotaje, casi en igual fecha que el viaje iniciático de hace un par de años atrás a la ciudad de la señora y su perro.
Hoy los amantes son otros. Ahora sus sueños van como las vías, siempre paralelas e infinitas, separados los rieles por tabiques que hacen tender a cero la probabilidad de cruzarse.
Hoy comparten su viaje con un montón de recuerdos y por ahí alguna otra persona.

A cenar


Chez Robert et Louise. Por ZoePé. París, noviembre de 2007.

Anoche cociné con ganas. No parece ser un acontecimiento más que para mí. La cocina me gusta, me gusta mucho y también por supuesto me gusta comer.

El menú.
- Entrada: Coctel de langostinos según la receta que encontré aquí, sin las yemas (ya sabes que los huevos no son de mi agrado) y la salsa inglesa que no encontré en ningún chino cerca de mi casa.
- Plato principal: Salmón blanco a la miel con costra de papas.
- Postre: Mousse de chocolate blanco.
- Bebidas: Agua mineral y el Chablis de Colón, tan generoso y suave como pocos y muuuyyy barato.
- Té verde como infusión limpiadora o un trago mediano de ron Caney Añejo enviado por mi hermana, de la isla, hace quince días.

Mientras transcurría la cena, pensé en cuando ví a Anthony Bourdain hacer el salmón de esta forma en su restaurante de Nueva York. También en la recomendación que hizo en su programa de visitar a Chez Robert et Louise en París, del que tengo el recuerdo todavía fresco en mi paladar y el placer eterno de haber encontrado allí a Alejandro; cubano y chef de ese lugar.
Estoy retomando buenos y viejos hábitos. Me pone contenta eso. Quiero que lo sepas.

Trapos de Palermo

Palermo era una despreocupada pobreza. La higuera oscurecía sobre el tapial; los balconcitos de modesto destino daban a días iguales; la perdida corneta del manisero exploraba el anochecer; sobre la humildad de las casas no era raro algún jarrón de mampostería; coronado áridamente de tunas…

J. L. Borges. Bs. As., 1899 - Ginebra, 1986.

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