Espuma

- Dos más – dijo a los gritos, porque el murmullo, casi ruido, no dejaba escuchar ni la propia voz.
Por suerte el oído al que estaban dirigidas las palabras, registró. Estiró el brazo mientras agarraba con la mano las botellas de cerveza, abiertas y coronadas por unos vasos de papel encerado.
Como pudo salió de entre la multitud que ansiaba lo que él ya tenía; sin perder la esperanza de ser escuchados, perseverantes en el intento.
La sed de la tarde sólo era comparable con el deseo de pasar por la garganta la frialdad de esa cerveza, cerca del merendero, en el parque de los sauces llorones.
Ella lo esperaba acostada en la hierba, intentando relajarse, aún con los ojos mojados, pero más limpia la mirada. También más triste.
Se iba acercando y pensaba en toda la angustia que empapó hace sólo una hora su camisa de lino blanco, las únicas que usaba los días del verano. Pensaba en las soluciones largamente conversadas, por teléfono, por e-mail, en las madrugadas a solas, cada uno en la otra punta del mundo.
Y ahora que la distancia se redujo a nada, que se tocaban con toda la piel, mucho, en todo momento, ningún consuelo parecía funcionar.
El pradito bien cuidado del parque, verde por la lluvia de anoche, resaltaba sus ojos, las pecas de su pecho y el rubor que el llanto puso con un pincelito en los cachetes no tan jóvenes.
Él sonrió ya a su lado.
- ¿Te sirvo?
- Sí, pero hay algo que debo decirte – respondió también sonriendo.
- Dime – replicó con un poco de hastío en la voz.
- Es algo que nunca te he dicho, algo sin importancia.
- Dime – dijo, otra vez y la miró directo, inquisidor.
- No me gusta la espuma en la cerveza.
El sol se iba yendo, contento por el sonido de un par de carcajadas claras, fuertes, verdaderas.

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2 pensamientos en “Espuma

  1. Aquí hay una mirada, una observación, que hace temblar. En muy pocas palabras logras sugerir que lo banal y lo tremendo son a veces elementos intercambiables en esta vida al garete. Gracias,

    Tersites

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