A cada rato leo La isla a mediodía, porque me recuerda a otra isla. Cortázar en su mejor versión me acerca a Grecia como ahora lo hace esta mujer que cose para afuera.
Entro a su localcito lleno de retazos, cintas y alfileres queriendo dejarle algo para arreglar: dos pantalones que están muy largos. Su acento denota que no es de aquí. Pienso y repienso, para encontrar una asociación y descubrir de dónde es, como si fuera un juego, una adivinanza.
Le explico, escucha con atención, mide la ropa que llevo y anota mi nombre.
- Zoe…, es griego -dice con los ojos añosos, pero sonrientes.
Las palabras le salen duras, aún más en las consonantes.
- Sí, como Ulises, el de mi hermano. Como el de él.
Lo señalo a Alexis, que espera afuera, junto a nuestras bicicletas. Me doy cuenta de que llueve mucho, cuando recorro con la vista su espalda, metida en la capa amarilla.
Llueve.
- Como el mío. Te llamo ni bien estén listos -dice Helena y su voz recupera mi mirada, que también sonríe.

Es mejor una Helena para esos arreglos, las Penélopes tardan mucho…
Usté siempre fijándose en los detalles importantes, Muzzio.
Un beso.
Una tonga de besos, como decimos en Cuba.
Acá también son griegos/as los que arreglan las ropas… me encantó este relato.
Eres poeta, sientes como poeta.
Besos.
..curioso que nuestros nombres sean de lugares a los que, en principio o sólo al principio, no pertenecemos.
Besos, Zoe (la no griega), de Fátima (la no árabe)
Esther, gracias.
Fátima, mi niña, tu nombre es muy hermoso y qué importa de dónde; suena hermoso cuando lo digo en voz alta.
Coser es tarea de diosas, Pal, no?
Chicas, les mando unos besos.